sábado, 8 de octubre de 2016

Las confesiones a la luz de la luna





Deseo ser la mano que te acaricie cada alborada.

Una llamada de madrugada me abría las puertas a sus recuerdos. El sexo no le era indiferente, en absoluto, como había comprobado en sus anteriores relatos.
Cuando Iria estaba a solas, de su mente surgía como una crisálida para convertirse en una espléndida mariposa que liberaba una excitante lujuria la cual palpitaba más fuerte mis deseos de tenerla entre mis brazos.

Despertaba golosa ambición en mis sentidos, su cuerpo mostraba la contundencia de sus atributos, la sólida turgencia de sus curvas quienes otorgaban turbadoras oscilaciones que acentuaban su aire de mujer madura. Ella provoca hormigueos inquietantes desde mi estómago hasta las mismas entrañas. Nunca llegué a hacerle partícipe de mi desazón, de mis anhelos, de mis ganas de quererla hasta conseguir dormirla de placer. 
La escuché con atención a la vez que estaba sumida en mis fantasías. Su presencia recostada a mi lado hubiera aquietado mis tribulaciones, pero es tan inalcanzable que me calmo con exploraciones nocturnas y los consiguientes placeres que obtengo de ellas.

Paula consideraba a los hombres unos auténticos patanes, ignorando todo de una mujer salvo que es dueña del tesoro que ambicionan poseer, simplemente quieren acceder al objetivo sin importar los sentimientos. No dispuesta a humillarse para conseguir excitar su intimidad con un torpe en su cama, ella renegó de los hombres.

Para Iria, Paula era como un bálsamo que predisponía su ánimo positivamente, ponía un sedativo a la inquietud de no saber nada sobre las intenciones de la muchacha con la que siempre se excusaba por su edad.

Pau sentía sobre Iria una fascinación más allá del juego de la seducción, una eufórica sensación de poder y superioridad la embargaba al aferrarse a sus brazos y rozar su cuerpo con sus pechos. El morbo brotaba en su interior y lo producía porque ella le confiaba sus intimidades, de su boca surgía la confesión y de mis manos suaves caricias que contradanzan esporádicas ráfagas de gemidos. Sus mórbidos labios me declaran la guerra.


La primera batalla envuelve el aire, me corta la respiración saber que ambas mentes son partícipes de una tensión sexual no resuelta.

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